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Varapalo.

Seguro que hoy muchos se acordarán de la penosa trayectoria de la Real en el Rico Pérez, donde ha sido incapaz de ganar en 20 visitas. Eso está muy bien para recordarlo la semana anterior a la visita de la temporada que viene, si es que coinciden en la misma categoría. Pero la cuestión es que cada año es un mundo y resulta preferible centrarse en cada duelo, como si no tuviera ninguna importancia lo acontecido en campañas anteriores, que no suele influir.

A Martín Lasarte le debió asustar mucho la estadística y la previsión de que el campo iba a estar en malas condiciones. Se acobardó y el miedo le llevó a la equivocación. El terreno de juego no era el de Anoeta pero estaba en perfectas condiciones para jugar al fútbol porque, además, tiene unas dimensiones muy grandes, ideales para que los buenos encuentren huecos. Nada más entrar en el vetusto estadio alicantino debió comprobar que las condiciones eran perfectas y que lo mejor que podía hacer era sacar al mismo equipo que le había conducido hasta el liderato. Lo aconsejable era tocar lo mínimo un guión con el que ha demostrado que se encuentra a la altura de los grandes de la categoría. No fue así, el uruguayo se traicionó a sí mismo y, por extensión, al equipo. La ocasión invitaba a un duelo cara a cara, de tú a tú, entre dos candidatos al ascenso, pero la Real salió con un traje reserva, de segundón. De cobardica.

COBARDE No hacía falta ser un genio para imaginar que con tres centrales en la defensa, más De la Bella, con Rivas y Markel en el pivote, y Aranburu sólo en la mediapunta, la circulación de balón iba a ser lenta y, si el rival presionaba, como así fue, llena de imprecisiones. No vale de nada que en las bandas tengas a dos puñales, como Xabi Prieto y Nsue, si el resto del equipo es incapaz de servirles un balón en condiciones. Al donostiarra lo único que le llegaron fueron los misiles por el aire que le envía Bravo en una jugada tan repetida que ya hasta aburre. Hasta ahora Lasarte había demostrado que anteponía su planteamiento y su propuesta a la calidad del rival, precisamente una de las premisas con las que justificaron su fichaje porque a Lillo le acusaban por lo contrario. En la primera cita de verdadera altura de la temporada, en un partido televisado para toda España, donde anidan muchísimos aficionados de la Real que llevaban tres años sin ver a los suyos, decepcionaron a todos. Los blanquiazules fueron goleados con justicia por un rival que, hay que decirlo claro, pareció mucho mejor equipo. Bueno, al menos del once que jugó ayer, en el que de inicio se cayó Griezmann en la mejor demostración de sus conservadoras intenciones. ¡Qué fácil es sentar al niño!

Mal el entrenador y mal los jugadores. No se salvó ninguno del once titular, salvo, siendo generoso y con un error de bulto, Ansotegi. Es imposible soñar con horizontes de grandeza si se defiende son una intensidad de regional. Los elementos ofensivos herculanos siempre actuaron con comodidad y no encontraron ningún inconveniente para girarse y jugar siempre de cara. El colmo de esta circunstancia fue Rufete, un jugador de Primera, al que De la Bella le concedió siempre un metro para comprobar si todavía mantiene su calidad. Y la demostró, claro.

ERRORES GARRAFALES Desde el primer momento se comprobó la vuelta a las andadas de la Real, con una circulación de balón lenta, previsible y casi siempre horizontal, lo que le exponía a robos letales. Tras un par de sustos de Tote, Bueno desaprovechó la mejor ocasión del primer tiempo al cabecear alto en inmejorable posición un centro de Prieto. El uruguayo no justificó la titularidad y desde luego está muy lejos de marcar diferencias, como es su obligación al ser el fichaje estrella. Cuando el partido estaba aparentemente nivelado, a los 24 minutos Tiago Gomes adelantó a los locales en una jugada en la que se pasó un minuto a la espalda de Mikel González para rematar un centro de Rufete. De la Bella le acompañó en su carrera sin molestarle para que pudiera poner bien el balón. El Hércules aprovechó el cambio para replegarse y pasar a jugar a la contra con salidas plenas de velocidad y verticalidad. Antes del descanso, los realistas sólo se acercaron al área rival en un tímido cabezazo de Ansotegi.

En la reanudación, Lasarte cambió a Markel para dar entrada a Agirretxe y, al contrario que en el campo de Levante, donde no varió el esquema, esta vez pasó a jugar con un 4-4-2. El problema es, como ha declarado él varias veces, que para jugar con dos puntas necesita armar el resto del equipo y, ayer, una vez más, no lo consiguió. Cuando parecía que la Real se acercaba al empate en un disparo de Agirretxe desde fuera del área y dos cabezazos de Ansotegi, un error garrafal de Rivas fue aprovechado por Tote para anotar el segundo. El gol desmontó a la Real, que se desplomó como un castillo de naipes. Poco después Cristian anotó el tercero tras una pared con Sendoa. Los realistas, rotos y abatidos, recortaron distancias en un remate de Griezmann (qué raro) a centro de De la Bella, pero segundos después Delibasic firmó su venganza al recoger un rechace de Bravo. La jugada había nacido en otro centro de Rufete que siguió con la vista su mejor amigo ayer, el lateral izquierdo catalán. Para culminar la vergonzosa manita, Labaka se creyó Beckanbauer y vio cómo le quitaba el balón Del Olmo antes de asistir a Sendoa.

La Real cayó con claridad en Alicante y nos dejó muy fríos a todos, helados. Mientras gane en casa dará igual perder por uno que por cuatro goles algunos partidos, pero la realidad es que pareció muy inferior al Hércules. Y eso sí que resulta angustioso. Lo de ayer no tiene nada que ver con ninguna maldición, fue una rendición antes de tiempo.

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