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Vamos a soñar más fuerte.
Supongo que a todos los donostiarras que tuvimos la suerte de empezar a jugar a fútbol en La Concha se nos agitan los recuerdos cada vez que se disputan las finales de los torneos playeros. Primero, quiero destacar que los últimos años, en los que sólo se celebran competiciones escolares en las categorías menores, parece comprobarse que el Aldapeta impone su ley, como se suele comprobar en las portadas de los periódicos. Antes de militar en el equipo de la franja roja, yo jugué durante varios años en el hoy ya desaparecido Gazteleku. Como se acordarán los futboleros, en la playa se sufría un gran cambio cuando se ascendía de benjamines a primer año de alevines. En ese salto, pasabas de luchar por el título (nos derrotó el Michelín en semifinales después de eliminar a todo un Antiguoko) a encajar severas goleadas ante equipos compuestos por jugadores uno o dos años mayores. Esa dura temporada, en la que casi no ganamos ningún partido, acabamos disputando la Copa de Consolación, reservada sólo para los más torpes. En el partido de ida de semifinales volvimos a las andadas y caímos 5-1.
Cualquier otro se hubiera rendido, pero esa semana, dos de los entrenadores del Gazteleku, mis inolvidables Manolo y Eduardo, nos hicieron creer en que podíamos obrar el milagro de la remontada. Apelaban a nuestro orgullo herido, a que podíamos remontar al considerar que éramos superiores y nos invitaban a visualizar la gesta hasta en los sueños. La vuelta se jugó un domingo a las 8.00 horas, tan pronto que no fue ni mi padre, que era un fijo. Ganamos 6-1, nos clasificamos para participar en el día de las finales, aunque fuese por la puerta de atrás, y en ella nos llevamos el trofeo al imponernos 1-0 a San Patricio, en lo que constituye la joya de los recuerdos en mi etapa de futbolista frustrado.
Rememoro esta batallita de abuelo cebolleta, que entiendo que a muchos se la traiga al pairo, porque me vino a la cabeza la semana pasada durante la guerra fría previa a la final de Copa que mantuvieron Atlético y Sevilla. Los dos clubes rivalizaron en los spots publicitarios en los que aludían a los sueños. Siempre es la realidad la que sitúa a cada uno en su sitio, pero creo que esta Real nos está permitiendo soñar. En eso no nos puede ganar nadie, en creer lo más fuerte que podamos, porque no hay ninguna afición que desee más alcanzar el anhelado objetivo que la txuri-urdin.
Supongo, como dice el niño del anuncio del Atlético, que el problema es que el sueño del ascenso también lo tendrán miles de cartageneros, levantinistas, herculanos, béticos e ilicitanos, por lo que tenemos que soñar con más ganas que ninguno. Porque nuestro equipo ha conseguido con sangre, sudor y lágrimas ser el mejor de Segunda, pese a que probablemente no tenga el mejor equipo. Porque un ascenso de nuestra Real, sustentado en el pilar básico de la cantera que produce el territorio más pequeño del país, bajo la permanente amenaza del buitre que anida a nuestro lado, equivale a cinco de los conseguidos a base de talonario.
Como fuimos grandes y nos codeamos con los gigantes de nuestro fútbol, la gesta del ascenso quizá se pueda equiparar a la que conseguimos en aquella final de Consolación, pero muchas veces los primeros pasos en la reconquista son los que mejor saben. Cerremos los ojos y soñemos con todas nuestras fuerzas, porque esta Real, con sus limitaciones, los va a convertir en realidad.


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