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Un abrazo de gol.

L A expectación que ha despertado el partido de Huesca entre la afición realista ha sido tan grande que van a ser muchos los que se queden sin viajar a arropar a su equipo. No se puede comparar con la que puede generar una final, una de Champions por ejemplo, pero la frustración supongo que habrá sido grande entre los que no han tenido acceso a las localidades. Hablo de finales porque esta semana he visto Informe Robinson y me ha llamado mucho la atención la anécdota que contaron Bojan e Iniesta. Al llegar a semifinales, el manchego le pidió al delantero dos entradas para una hipotética clasificación, ya que había reservado la totalidad del cupo de entradas que le iba a corresponder. La respuesta vino cargada de motivación: “Te las doy si marcas en Stamford Bridge”. Lo que sucedió en el último minuto de aquel partido lo recordamos todos, pero lo que no sabíamos era que el primero que abrazó a Iniesta en el córner fue precisamente Bojan y en cuanto se encontraron, en pleno éxtasis, se lo recordó: “¡Mis dos entradas!”.

Un gran tipo el señor Andrés, algo que certifican todos los realistas que han coincido con él en las categorías inferiores de las selecciones. En una entrevista concedida a Mundo Deportivo hace unas semanas contaba emocionado cómo fue su llegada a casa tras su gesta: “Lloramos, nos volvimos locos. Fue brutal”. Y me embargó la tristeza, porque yo soñaba con el abrazo que me iba a dar con mi padre tras regresar victorioso de Vigo en 2003. Nos lo robó aquel Celta de Lotina y aquel Madrid del insaciable Ronaldo. Creo que nos lo merecemos. El destino tiene que saldar una deuda con nosotros y permitirnos celebrar con emoción un ascenso esta temporada.

Se lo merece la incomparable afición de la Real, la que nunca falla. Es increíble que a falta de 17 partidos para el final vaya a ocupar la quinta parte de un estadio que se encuentra a más de dos horas de Donostia. Para estos seguidores incondicionales no existen barreras para apoyar a su equipo. Muchos de ellos centran la programación de sus fines de semana en función del encuentro que disputa la pasión de su vida. Es una parroquia ejemplar, que jamás tiene reproches para sus jugadores, y que casi nunca crea ni el más mínimo problema con los rivales. Aunque en todos lados hay impresentables, sinceramente no me la imagino cruzando ningún campo para partirse la cara con otros seguidores. Y eso que, pese a que en la rivalidad con los vecinos siempre nos ponen como los malos de la película, a nosotros también nos han tirado de todo en esa grada (a mi cuadrilla un simpático nos lanzó una botella de cristal sin mediar provocación tras un 0-0) y ya sabemos lo que se siente cuando unos impresentables te mean encima, como les sucedió a los que viajaron a Milán para seguir el mítico enfrentamiento en la Copa de la UEFA de 1979.

La afición de la Real viaja con la única misión de alentar hasta la ronquera. Sabe que un objetivo tan exigente como un ascenso sólo se podrá conseguir si la comunión entre jugadores y grada es absoluta. Y puedo dar buena fe de ello, porque el domingo pasado, después de haberse pegado la matada de levantarse de madrugada y haberse cruzado el norte de la península para llegar a Girona, cuando terminó el partido los 200 héroes rompieron aplaudir sólo para agradecer al equipo el esfuerzo. Ganen o pierdan, siempre lo hacen, es admirable. Suspiro porque hoy en Huesca se lleven un alegrón y al final de temporada celebren uno de los momentos de su vida. Entonces me fundiré en un abrazo de gol con mi padre, aunque llegue siete años tarde.

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