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Todos somos la Real.

Quiero pedirles disculpas de antemano porque sé, y además entiendo, que hay mucha gente a la que le molestan las comparaciones, como me sucede a mí normalmente. Pero creo que en este caso encaja a la perfección para explicar lo que debería vivirse hoy en la grada de Anoeta. Soy de los aficionados realistas que creció bajo la permanente ofensa del periodista Patxi Alonso en el programa El Derbi, de ETB2. Lo peor no era lo parcial que era y su declarado sentimiento rojiblanco, cuando tendría que estar obligado a remar entre dos aguas sin subjetivas distinciones. Lo más hiriente era su manera de interpretar las derrotas de los dos clubes vascos más importantes. Cuando perdía el Athletic tras completar un mal partido repartía palos sin freno, mientras que cuando lo hacía la Real sus comentarios eran piadosos, en el sentido de “no han jugado mal, han tenido mala suerte, pero no pasa nada, lo han intentado”.

Recojo del baúl de los recuerdos este ejemplo para constatar el cinismo que existe en gran parte de los aficionados realistas. La cuestión es quejarse. Llevamos años escuchando la misma cantinela en la mayoría de los seguidores blanquiazules que, como sucedió en el descenso, denuncian que los jugadores siempre se van de rositas de los fracasos. En esta ocasión, los injustificables cuatros goles en seis minutos que encajaron en Mallorca les han colocado sin excusas posibles en la diana. En la prensa, al menos en mi caso, las críticas fueron duras, pienso que a la altura de la pifia del equipo, pero no han tardado en aparecer muchas voces escandalizadas por lo que consideran juicios ofensivos hacia sus protegidos futbolistas. No me gusta caer en la demagogia, pero si a un director de cine le encargan hacer una película con grandes medios, o suficientes como para triunfar, como la Real en Mallorca, genera una expectación abismal entre los espectadores y hace el ridículo y decepciona a todos, la crítica le despellejaría sin compasión y, probablemente, acabaría sin trabajo.

Quizá esté equivocado y pido perdón a los ofendidos por no poder controlar al hincha que llevo dentro, pero para mí esto es la Real Sociedad, un club de elite en el que el nivel de exigencia debe ser máximo, y los palos, si se fracasa, contundentes y certeros. En Bilbao conocen muy bien esa receta, porque es la que asegura la mayor competitividad posible. Alrededor de San Mamés hasta Llorente ha sido puesto en duda y vilipendiado, sobre todo por muchos periodistas devotos de Clemente, pero cuando se encienden los focos del estadio y salen los jugadores vestidos de rojiblanco solo prevalece un clamor: el Athletic.

Por este motivo, pese a que para mí supuso una de las más humillantes sensaciones que he experimentado en mucho tiempo, lo sucedido en Mallorca no tiene nada que ver con el partido ante el Atlético de Madrid. Si me apuran, tampoco importa que el equipo haya reaccionado de manera inmediata con un triunfo tan meritorio como valioso en el tercer estadio más complicado de la Liga. Sábado, 20.00 horas, Anoeta brilla desde la lejanía. Los aficionados txuri-urdin, aún embriagados de orgullo y diversión por la fiesta de la Tamborada, nos vamos acercando para seguir a nuestra gran pasión. No importa que haya jugadores, entrenadores o directivos que te gusten más o menos. Todos ellos están de paso, mientras que el sentimiento en su hinchada permanece para siempre. Contra el Atlético hay que dar el 200% para, al menos, honrar la memoria de nuestro añorado Aitor. Cuando estamos en Anoeta, nuestro hogar, solo hay un grito que valga: Goazen Reala.

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