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Recuerdos de leyenda.

Los estadios de fútbol son como baúles de los recuerdos. Cada vez que regresas a uno evocas las sensaciones más fuertes que has llegado a vivir en ellos, sobre todo si está tu equipo de por medio, y una de las primeras cosas que haces, al menos yo, es buscar con la mirada el lugar donde se produjo la acción que te dejó marcado. Por poner un ejemplo, y como no podía ser de otra forma, la primera vez que visité El Molinón, en un entrenamiento de la selección española en el que disfrutaba del privilegio de estar en el césped acreditado por mi periódico, me fui directo a la portería del gol de Zamora. Una vez más, lamenté profundamente no haber llegado a la vida diez años antes para disfrutar de El momento de la historia txuri-urdin. En el campo del Betis siempre me fijaré de dónde disparó Iñigo Martínez, lugar exacto en el que me sacó una fotografía Ángel López, de Mundo Deportivo, con el estadio ya vacío. Así, en muchos otros coliseums de la geografía peninsular.

Desgraciadamente, los recuerdos no son siempre buenos. Cada vez que visito Balaídos se me estremece el corazón, lo mismo que me sucede cuando me siento en Mestalla, donde se consumó el maldito descenso. En El Sardinero también sufrí una de mis peores experiencias como aficionado y periodista. Fue en el primer encuentro a domicilio que cubrió NOTICIAS DE GIPUZKOA, el 4 de noviembre de 2005. Como supongo que muchos adivinarán, fue el desgraciado día en el que el ínclito Oriol, que luego trataron de vendernos que era una monjita de la caridad, le destrozó la rodilla a Aranburu. No he podido evitar rememorar dicha imagen después de presenciar en directo la grave lesión de Villa en Japón, que fue diagnosticada tras la primera repetición por el Lobo Carrasco en Cuatro, como la “típica rotura de los isquiotibiales”.

Esa tarde de domingo, cuando el defensa racinguista le cazó sin que Pino Zamorano señalara ni falta, vi perfectamente cómo la rodilla del azpeitiarra se iba hacia un lado y volvía a su sitio. Me quedé tan impresionado que, situado entre dos periodistas cántabros, me eché las manos a la cabeza. “No me ha parecido grave”, me comentó uno de ellos. “Le ha reventado la rodilla, ya lo veréis en la televisión”, le contesté abatido.

Lamentablemente, estaba en lo cierto y la gravedad de su lesión nos conmocionó a todos los aficionados guipuzcoanos. Si me lo permiten, voy a rescatar un párrafo que escribí en esta misma sección en la previa del siguiente choque liguero ante el Villarreal: “Se pudo quedar en un canterano más con talento, pero quiso convertirse en un futbolista de verdad y ser importante en el club de su vida. Ya lo has logrado, Mikel. Cuando te entristezcas o tengas momentos bajos en las interminables sesiones de rehabilitación, piensa que cuando te lesionaste, en tu brazo, estaba el brazalete de capitán de la Real Sociedad y que la gravedad de tu lesión es proporcional al vacío que va a sentir tu afición por tu ausencia y por tu desgracia”.

Seis años después, Sir Mikel Aranburu ha disputado otros 180 encuentros con la camiseta txuri-urdin en los que ha llorado un descenso y ha celebrado un ascenso. A sus 32 años continúa siendo una pieza vital para el equipo, como lo certifica que ha participado en las cinco victorias que ha logrado la Real en la presente Liga. Sin ir más lejos, la semana pasada firmó un gol sensacional en Vila-real demostrando todas las cualidades que atesora, que son muchas. Pese al mal recuerdo, El Sardinero es un escenario perfecto para volver a darnos cuenta de la suerte que tenemos por continuar disfrutando cada semana de la última leyenda viva de la Real. El gran Mikel Aranburu.

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