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Pues yo no me fío.
Lo reconozco, sigo sin fiarme y me mantengo en estado de alerta. Comprendo a los que estén pensando que soy un agonías, pero tengo clavados los 22 fracasos consecutivos a fuego en mi pecho. Cada año repaso esa maldita tabla, que podría ser objeto de estudio por la facultad de Psicología y motivo de reportaje para cualquier medio de comunicación extranjero. Vuelvo a insistir en que en este periodo negro de la historia txuri-urdin he sufrido decepciones de casi todos los colores y ante toda clase de adversarios, pero hay un tema que me inquieta bastante. En la sonrojante lista de la participación de la Real en la Copa en los últimos 23 años solo falta un ingrediente para que sea completa, y es que le remonten milagrosamente un buen resultado como el 4-1 con el que se presenta en Granada.
Estoy convencido de que vamos a tener, por lo menos, un susto y habrá que ver cómo reacciona un equipo que, aunque el virus solo le puede afectar una vez al año, arrastra una grave enfermedad que le ha provocado secuelas indescifrables. Es por este mismo motivo que no me ha gustado nada que Griezmann se haya marchado de vacaciones justo en el momento en el que vuelve a ser un jugador imparable, ni que ayer no entrenara el equipo a su llegada a Granada, tal y como estaba previsto. No me hubiera importado que el galo se quedara fuera del once, pero que al menos estuviera disponible en el banquillo por si se tuercen las cosas. Por el otro lado me tranquiliza que vaya a jugar Llorente. Si alguien se fijó en él en el calentamiento previo al choque de la ida, pudo constatar que fue el responsable de cargar las pilas a todos los realistas. El efecto inmediato de ese singular proceso de motivación, al que solo veo capaz de ejecutar a él en esta plantilla, es que a los siete minutos el equipo ya ganaba 2-0. Pese a no estar al 100%, como se puede comprobar en sus apariciones, sigue siendo un futbolista imprescindible para este equipo y no creo que vaya a permitir a sus compañeros ni el más mínimo signo de relajación.
La Copa siempre será diferente y sus encuentros están mucho más expuestos a que sucedan cosas inesperadas. Nada mejor que recordar la vez anterior que la Real ganó 4-1 en este torneo para que salga al campo con todas las luces encendidas. Sucedió en el último enfrentamiento de esta competición que albergó Atocha en 1993 y sus gradas estuvieron a punto de venirse abajo sin necesidad de llamar a las excavadoras. En el partido de ida de la eliminatoria contra el Madrid los realistas habían realizado una de las mejores actuaciones que se recuerdan en el Bernabéu, pero, tras pagar caros sus errores, entre los que se encontraba un penalti marrado por Océano, acabaron goleados por 4-0. Recuerdo que Toshack lanzó su clásica invitación enigmática para que la afición acudiese al campo en la vuelta y, como casi siempre antes, tenía razón. Pese a que Esnaider marcó el 1-1 al debutante Alberto, la Real se vino arriba con el apoyo de una afición enfervorizada y solo la actuación arbitral le impidió forzar la prórroga. El 4-1 final, con hat-trick de Alkiza y otro tanto de Alaba, pudo y debió ser un 5-1, que igualaba la eliminatoria al no contar doble aún los goles a domicilio. Eso, si el colegiado no hubiera señalado una falta a favor de la Real previa a un disparo de Carlos Xavier que acabó en las redes. Los decibelios de Atocha eran tales que nadie escuchó el silbido del árbitro. ¿Quién nos dice que no puede experimentar una metamorfosis de ese tipo el Granada, que además atraviesa por un desconcertante estado de forma eufórico?
La semana pasada yo también traté de automotivarme escribiendo un artículo en el que anunciaba mi intención de rendirme en la Copa. Cuando me desperté al día siguiente ya tenía varios mensajes de amigos en los que señalan que no se creían nada. Tenían razón, me han cazado, no se puede dejar escapar esta ocasión de saldar deudas con la historia. Necesito poder titular una crónica con el manido “Que pase el siguiente”.


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