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Ponga un gigante en su vida.
QUIZÁ sea porque soy bajo. No demasiado, sobre todo teniendo en cuenta a la mayoría de mi familia. Pero siempre me han llamado la atención los tipos muy altos. Aunque no haya tenido ningún complejo en este sentido, puedo recordar las personas grandes que han marcado mi vida, como casi todo el mundo. Desde mi compañero de clase en el Liceo Francés, Ibon, que me llevó a mi primer equipo de fútbol en la playa, el Gazteleku, hasta Ibrahimovic, el tipo que mejor domina su extraordinario físico que he conocido nunca. Pasando por Iñigo, el único colega de mi cuadrilla que superaba la media de altura. Era al que todos nos acercábamos para intentar entrar en las discotecas en la adolescencia. El que iba detrás suyo colaba y pasaba, los demás se quedaban siempre fuera. Mala suerte.
No me olvido tampoco del defensa de la selección alemana Mertesacker, objeto de la broma más graciosa que le he oído al malogrado Andrés Montes (“¿Qué harías, Salinas, si tu hija llega a casa con un novio que se llama Mertesacker?, ¿qué harías?). Todos ellos han disfrutado de las ventajas que sus centímetros proporcionan y, supongo, lo desconozco, sufrido los inconvenientes que les hayan podido reportar.
Si alguien no lo ha imaginado aún, tratándose de la Real, voy a hablar de Ion Ansotegi. Reconozco que recelé desde un principio de aquel espigado central que debutó en ese derbi frenético ante el Athletic que finalizó 3-3. No me convenció pese a que las referencias que había recibido de él eran muy buenas. Mi compañero de página por aquel entonces, el gran Fran Garagarza, que le tuvo a sus órdenes cuando era un chaval (no sé si se puede decir eso siendo tan grande), siempre le defendió con vehemencia y no aceptaba mi desconfianza. Probablemente acusé que en esa época estaba especialmente sensible con la deficiente salida de balón porque en la Real jugaba Víctor López, un central al que trajeron de Argentina y que no era capaz ni de meter en el campo un sencillo despeje.
Ansotegi siempre mantuvo la calma. Nunca desesperó al ser consciente de que su principal baza anidaba en su sensatez. Pese a su corpulencia para jugar al fútbol, más propia del inolvidable Gajate que de un cultivado universitario, el vizcaino más guipuzcoano que conozco aguardó pacientemente su oportunidad para demostrar que bajo su físico escondía unas virtudes impropias de su estatura. Ansotegi es un zaguero rápido y muy regular (lo ha jugado todo esta campaña), que aprovecha su inteligencia para adelantarse a sus adversarios y que tiene como principal virtud el comerles terreno cuando recula hacia su portería. Una cualidad muy complicada de encontrar hoy en día. No hay más que oír a Aperribay deshacerse en elogios hacia él, al tratarse de una de sus grandes debilidades. Si la de Martín Lasarte puede ser Zurutuza, la del presidente sería este grandullón que lleva a engaño a sus delanteros rivales. Seguro que muchos de ellos se frotan las manos antes de empezar los partidos, imaginando los múltiples recortes y humillaciones que le van a hacer, hasta que se dan cuenta de que se encuentran ante una piedra mucho más impenetrable de lo que parece.
Además, desde su azotea de vez en cuando nos regala algún golito con sabor a gloria, como los dos que firmó ante el Real Unión. Es tan realista como cualquiera que haya mamado la Real desde su infancia. Todo se lo ha ganado él, desafiando desde las alturas los contratiempos que le haya podido generar lo que muchos hemos podido envidiar, sus 192 centímetros. ¡Qué grande eres Anso!



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