mi abuela tiene 104 años. Esto significa que pertenezco a una familia que pulveriza registros, aunque sea solo por nuestra matriarca. O la Bi, como le conocemos todos ya por la cantidad de bisnietos que acumula (29; ahí es nada). Quién más o quién menos en mi entorno me ha hecho el cariñoso y macabro comentario de «como siga así os va a enterrar a todos». Este es el símil consanguíneo que suelo hacer para referirme a Mikel Oyarzabal y su costumbre de batir todos los récords que se le presentan en su camino y se encuentran al alcance de su mano. Y me hace gracia ver cómo cuando juega con la selección, incluso cuando decide el partido con un solitario gol ante Suiza, encuentra osados críticos que le llegan a tildar de paquete (mejor para nosotros, obvio, pero a mí como aficionado txuri-urdin no me gusta). Por el contrario, me ofende cuando descubro detractores entre nosotros (incluyo familiares), que hasta ponen en duda su condición de titular indiscutible en la Real. Lo reconozco sin problemas, soy de los que no le cambiaría nunca, ni aunque esté reventado. Cuando sale el 10 en el cartel no puedo evitar pensar: «¿No había otro mejor para sustituir?» Y eso que los que entran son de primer nivel y me convencen todos.

Hace dos semanas, en la previa del duelo ante el Getafe en el que alcanzó los 200 partidos con la txuri-urdin, Yon Cuezva le preguntó en su «humilde función» de cada mediodía a su colaborador Miguel Quintana si conocía algún caso parecido en Europa de un futbolista que tan joven se haya convertido en un referente tan absoluto y a ese nivel. Solo se le ocurrió uno, Federico Chiesa, hijo del famoso Enrico, que triunfó en el Parma y estandarte de la Fiorentina, en la que se formó y que ahora lideraba. Me llamó la atención, porque pocas horas después se hizo oficial su traspaso a la Juventus, de largo, el equipo más odiado por los tifosi violas. Lo dicho, nos quejamos de vicio. Pocas manías más insanas e improductivas que la de buscar defectos a nuestros superhéroes.

Si no recuerdo mal, creo que la última vez que escribí un artículo sobre Oyarzabal lo relacioné con unas declaraciones preciosas de Totti, en las que proclamaba su amor incondicional a su Roma y en la que ensalzaba muchas de las otras cosas que había ganado por mantenerse fiel a su equipo de toda la vida. Solo se puede buscar en ese selecto club de leyendas de los distintos clubes para poder equiparar lo que ya significa para nuestra Real Oyarzabal. Lo asumo, esta temporada mi alusión anual a Fernando Torres llega antes que nunca. Hace unos días vi el documental de Amazon que repasa toda su trayectoria. Es cierto que el de Fuenlabrada se marchó del equipo de sus amores, algo que no queremos que suceda nunca con nuestro eibartarra, pero su salida admite muchos matices como lo confirma el recibimiento que le tributó la afición colchonera en su vuelta. Sin duda uno de los actos más emocionantes y sobrecogedores que yo he podido ver nunca en este deporte, con todo un Vicente Calderón lleno aclamándole. Cuenta El Niño de esa tarde: «El Atlético que me contó mi abuelo, del que yo me enamoré sin ver un partido, era un equipo de símbolos, de momentos, de nombres especiales. Por unas razones u otras en la historia del club, los niños de menos de diez años que había ese día en el campo no me habían visto nunca jugar. Y para mí el significado de esta situación es que sus padres o sus abuelos o sus tíos mayores en algún momento les habrían hablado de mí. Eso me hacía sentir muy orgulloso porque para mí de eso se trata el Atlético». Aunque a día de hoy suene casi a herejía, siempre he reconocido valores nuestros, que nosotros sí hemos mantenido, en la antigua pasión rojiblanca.

Pero el mensaje que me interesa que grabe a fuego Oyarzabal es el epílogo que hace enfrente de un Calderón casi derruido: «Durante toda mi carrera he pensado que cuando dejara el fútbol y pasaran los años miraría atrás y me quedaría con los títulos. Estaba muy equivocado, los títulos no son lo más importante. Los títulos que te hacen sentir y recuerdas al nivel de todo un Mundial o una Champions, son cuando me encontraba alrededor mi gente, mi familia o los que me apoyaron cuando salía al Calderón siendo un niño. Los que me arroparon en los momentos más complicados. Los que me dieron la bufanda del Atlético en un paseo triunfal con la selección por las calles de Madrid. Siempre me vieron atlético, independientemente del equipo en el que jugara y en el momento en el que estuviese tanto el club como yo. Fui un ídolo en los malos momentos y tuve la responsabilidad y la suerte de llevar la bandera porque podía estar en el campo pero sentía el apoyo de todos. Como no he sido un ídolo en la victoria no tenía que demostrar nadie que era atlético».

Oyarzabal no es un galáctico. Con él no utilizaremos la comparación que escribió un periodista italiano de Nadal tras ganar en Roland Garros, en la que exageraba diciendo que «robaba fuego a los dioses para dárselo a los humanos». Yo, en cambio, le identifico más, salvando las distancias, con la definición que hacía Eduardo Galeano de Maradona: «Era como un Dios. Un Dios sucio. Sucio de barro humano (añado yo, también de césped). Se nos parece mucho». Y me agarro a un argumento suyo para proteger aún más a nuestro 10: «Hay un placer enfermizo, feo, jodido, en derribar los ídolos que la propia gente ha creado». El hombre de hielo, que puso en evidencia y desnudó él solo las miserias del Getafe al no entrar en ninguna de sus continuas y repugnantes provocaciones, no necesitaba ser incluido en ninguna fábula para defender la apuesta por la cantera como hizo Aperribay. Mira que tenía casos recientes más excepcionales y meritorios de su dirección deportiva. Oyarzabal derribó la puerta del primer equipo de un soplido, porque es uno de esos futbolistas de leyenda, de los que salen uno cada década o más. No necesitó ni impulsarse en el Sanse. Era un meteorito y el que no lo viese€

Me quedo con la despedida de Torres: «Me gustaría que me recordaran como un atlético que tenía un sueño, lo persiguió y lo alcanzó. Un día me tocó bajar de la grada al césped y ahí di lo que yo pedía que diesen los jugadores cuando estaba en la grada. Tuve la suerte de ser yo». En el clavo. Ese es Oyarzabal. Fortuna la nuestra de que sea nuestro abanderado y fortuna la suya por el privilegio de ser el elegido, algo que siempre debería recordar cuando se intensifiquen los cantos de sirena a su alrededor. Cuestión de prioridades. Lección de vida. Apunta, Mikel. ¡A por ellos!

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