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Homenajes, recuerdos y conspiraciones
Era el sábado un día de recuerdo. Y lo es hoy. Justo hoy hace diez años que Aitor Zabaleta murió, después de ser apuñalado en las inmediaciones del estadio Vicente Calderón. Sí, ese sobre el que ahora se ha impuesto un partido de cierre por incidentes mucho menos graves que aquellos y que ha provocado gritos de defensa hacia el Atlético de Madrid y clamores en contra de la UEFA de Platini. Aquel día, el 8 de diciembre de 1998, lo que se jugó en el Calderón fue un partido de la Copa de la UEFA, pero entonces el organismo europeo no vio nada, no juzgó nada, no impartió justicia. Aquel partido ya daba igual, a ninguno de nosotros nos importó perderlo. Ni nos hubiera alegrado ganarlo. Porque aquel día ya habíamos perdido antes de saltar al campo y perdimos mucho más cuando horas después de salir de él se confirmó el fatal destino. Aunque parezca mentira, ya han pasado diez años de aquello y el homenaje era todavía más obligado y necesario. Dice la familia de Aitor que estas cosas ayudan. Me alegro de verdad.
La imagen de la Real abrazada en el centro del campo en el minuto de sincero homenaje, su salida al campo con camisetas recordando al aficionado de la Real que pagó con su vida su amor a estos colores que tantas alegrías y sufrimientos nos provocan y el cartel que se colocó sobre el césped de Anoeta, el mismo que ya vimos hace diez largos años, nos deben seguir recordando que no puede haber sitio para los violentos en el fútbol. La concentración bajo la lluvia en la escultura en memoria de Aitor colocada en la explanada de Anoeta, también. Al igual que la protesta posterior al encuentro, que evidencia con su escasa asistencia la poca fe que hay en que se haga justicia con lo sucedido la temporada pasada, con quienes se sabe pero no se prueba que pagaron primas por perder, con quienes quieren hacer del fútbol una maquinaria podrida que acabe con la ilusión de tantos aficionados de hoy y de tantos niños que lo serán mañana. No podrán con nosotros. Ni los violentos ni los tramposos.
El del sábado fue el primer día que Iñigo Díaz de Cerio se acercó a Anoeta para ver a su Real, después de la dramática lesión que se produjo en el encuentro frente al Eibar. Verle salir por la puerta 29 del estadio fue un motivo más de alegría. Porque además de un gran delantero es un tipo magnífico. Lo dice todo el mundo que le conoce. Y yo lo digo por la alegría, la entereza y el ánimo con los que conversó conmigo. No dudó en pararse a firmar autógrafos a todo el que se lo pidió. “Va a tener que ser con muletas, pero bueno”, decía sonriendo. “A ver si te vemos pronto otra vez en el campo”, le dije. “Vas a tener que esperar un tiempo”, me dijo, todavía sin perder la sonrisa. “Te esperamos, tú tranquilo”, le respondí. Y es así. Le esperamos porque además de la ilusión que nos genere en el césped, es un gran tipo, amable, humano y de la Real. Queremos volver a verle de txuri urdin en un campo de fútbol. Ojalá lo consigamos y ojalá sea en Primera.
Y si todos estos recuerdos tienen su parte hermosa, el último que deja el partido del sábado es de los lamentables. Necati marcó un gol. El que debía ser su primer tanto con la camiseta de la Real. Pero un linier que sólo se puede tachar de incompetente vio lo que nadie más vio, un fuera de juego que nunca se produjo. ¿Un error humano? Pues vale. Pero empiezo a estar harto de tanto error humano. El error humano nos privó de la victoria frente al Eibar, el Alavés, el Hércules, el Castellón y ahora el Alicante. Nos perjudicó notablemente frente al Murcia y frente al Nastic. Error humano. Perfecto. Pero es que el error humano se soluciona en buena medida con una preparación adecuada, colocando a los mejores para hacer un trabajo, puliendo los defectos y potenciando las virtudes. Eso no se hace en el estamente arbitral, que sigue mostrando demasiado error humano.
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