DONOSTIA. En tiempos de crisis o de pandemias mundiales, siempre es importante encontrar temas para evadirse. Para aparcar por un momento las tristezas y las preocupaciones. Cuestiones que por sí solas te reconfortan y dibujan una sonrisa en tu rostro, aunque sea solo por unos minutos. Que cuentes nervioso y anhelante las horas de espera para la siguiente cita con la misma pasión que la de un quinceañero con su primer amor. En tiempo de deprimentes penurias, siempre nos quedará la Real. No cualquiera, que también, porque somos facilones y nuestro sentimiento nos permite ilusionarnos con muy poco. Dicen que el fútbol es el opio del pueblo. Por ende yo añado que lo del equipo Imanol es droga dura. De las que generan mucha dependencia.

Y no solo porque es una máquina de ganar partidos, como lo confirma que ayer sumó su sexta victoria consecutiva, sino porque es de largo el equipo que mejor juega al fútbol del campeonato. El que tiene más asimiladas las ideas de su entrenador, porque, aunque cuenta con un ejército de primer nivel, este conjunto es un trabajo de autor. Sinceramente, no me extraña que haya futbolistas de la talla de Cassano que recomienden su fichaje al Inter de Milán. El éxito de Imanol es el de nuestra Real. Imposible no identificar más a una persona noble y profesional, pasional y sentimental, con unos colores. Los txuri-urdin. Hubo un día en el que el oriotarra dijo que una mañana de partido había salido en bicicleta y vio Donostia a lo lejos y se sintió orgulloso de ser el entrenador de su equipo. Esa sensación debe ser lo más. Solo lo supera que sus soldados nos den la vida cada tres días. Nos hagan soñar. Nos permitan creer que podemos ser héroes. Nos insuflen la fuerza necesaria para confiar en que un día, no demasiado lejano, todo volverá a la normalidad y regresaremos a Anoeta para tratar de devolver, en varias etapas porque 90 minutos se nos van a quedar demasiados cortos, el incontable número de incontrolables satisfacciones que nos están ofreciendo. Y pensar ahora que con muy poco, en el inicio del curso pasado cuando su rendimiento era aún una incertidumbre, ya nos tenían entregados comiendo de su mano. Dispuestos a acudir todos hasta el fin del mundo. Hasta donde llegue este proyecto que, aunque no lo reconocerán los gestores, estaba planificado sin ponerse límites pensando en intentar alcanzar el más difícil todavía. Y eso, al menos aquí en la Real, todos sabemos que es pelear por ganar la Liga. A nadie se le escapa que, al menos a día de hoy, estamos hablando de casi un imposible, que tiene que producirse una conjunción de varios planetas para que pueda suceder, pero lo más importante y lo imprescindible para erigirse en un candidato es convertirse en el mejor conjunto del campeonato. Y la banda de Imanol ya lo ha logrado en estas diez primeras jornadas (sabemos de sobra que si el Atlético gana los dos partidos que tiene pendientes le supera en la clasificación). Para que se hagan una idea, el Madrid y el Barca, con una jornada menos, están a seis y doce puntos respectivamente. Si pasamos el examen de los números, la Real ya ha igualado sus tres mejores comienzos y en todos ellos luchó por el título hasta la última jornada.

Lo decía ayer en MD Gustavo López, es preferible no comparar las distintas generaciones «porque no llega a buen puerto». Pero se observa una gran diferencia con esta Real respecto a las que ya son leyenda. Y es su abrumadora superioridad respecto a la mayoría de sus rivales. Su insultante dominio. El desfalco a su favor en las estadísticas. Que a los diez minutos de la mayor parte de sus encuentros parezca casi imposible que se le puedan escapar no los tres puntos, sino también un empate. No es solo que nos llene verle jugar, es que ya se ha convertido en la envidia de la Liga y en un modelo a seguir para cualquier club que sueñe con desafiar algún día la dictadura de los más grandes y quiera competir contra ellos de tú a tú, mirándoles a la cara sin complejos. La Real es como los vikingos de Asterix y Obelix, no conocen el miedo. E, insisto, lo más tranquilizador de su momentánea hazaña, sus cinco jornadas ya en el liderato, es que mantiene los pies en el suelo. Que ninguno se sale del guion establecido. Porque son así, su calidad ha subido el nivel de propia ambición, sin hacer de menos a nadie y sin el menor atisbo de arrogancia. Sí, es casi una utopía si comparamos presupuestos y los jugadores de los rivales, pero la realidad es que ya nadie discute que es un primero fiable y de plenas garantías. Que se puede apuntar a la doctrina cholista del «partido a partido» , pero que prefiere decantarse por la filosofía de otro ganador nato, como Bill Shankly: «Apunta al cielo y llegarás al techo. Apunta al techo y te quedarás en el suelo».

A todo esto, la Real también venció en Cádiz. Y lo hizo pasando por encima de uno de los equipos revelación, que no llegó a disparar entre los tres palos. Quince ocasiones de peligro, dos goles bien anulados por fuera de juego, un penalti clamoroso no pitado, un control del juego asfixiante (cerca del 70%), y un sinfín de detalles de máxima calidad. Ya lo comentaba un técnico de Primera en privado esta semana, el arsenal ofensivo de la Real lo tienen muy pocos esta temporada. Como decíamos ayer, «yo he visto jugar a Januzaj como Mágico González» en el hechizado País del Nunca Jamás gaditano. El belga destapó el tarro de las esencias para marcar las diferencias, en perfecta sintonía con Silva, un futbolista de otra galaxia, para formar una de las parejas más imparables del campeonato. Si a esto le sumas la compañía de primeras espadas más protagonistas otros días, como Oyarzabal, Isak, Merino, Guevara (qué mérito tiene por haber recuperado su estatus tras su lesión) y una defensa de granito, estamos hablando de un conjunto con muy pocas debilidades y, lo que es más ilusionante, con un amplio margen de mejora.

Fue increíble que la Real no marcara antes del descanso, lo que le complicó el triunfo. Oyarzabal, que controló mal un servicio de Merino; Zaldua, desde cerca; Isak, desde lejos; Oyarzabal no encontró rematador a su pase de la muerte; un chut de Merino que salió rozando el palo; otra vez el navarro casi a puerta vacía en un tiro que salvó Fali; de nuevo Merino de cabeza con el meta vencido; y Januzaj desde fuera del área dieron la razón a Imanol de que les faltan goles.

Tras el penalti no pitado a Oyarzabal, a Januzaj se le escapó fuera un disparo fácil tras un regate inverosímil… Tenía que llegar y esta Real es ganadora. No se lamenta por sus fallos. Insiste hasta acertar, siendo consciente de que es una cuestión de tiempo. A los 66 minutos, en una acción con origen en un córner, al tercer centro, Janu le sirvió en bandeja el tanto en la cabeza de Isak. Lo necesitaba el sueco. Y la Real. Hasta el final, pese a la incomprensible persecución del árbitro, siempre estuvo más cerca la sentencia que el empate.

La Real sigue a lo suyo. Ganar, ganar y ganar… Como los más grandes, ya no diferencia jugar en casa o fuera. Ni acusa el desgaste de sus internacionales ni jugar cada tres días. No digas que fue un sueño. No puede ser más real. Permitido aspirar al cielo.

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