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El partido de ayer
El estreno de Copa en Anoeta fue un resumen fiel de los dos meses que van de temporada para la Real: aciertos y errores, luces y sombras.
La última vez que me dio por escribir aquí fue una tarde de lunes de septiembre. No es que haya llovido mucho, menos aún por Almería, pero desde entonces han pasado muchas cosas. Malos partidos fuera de casa, que no invitaban a descolgarse con ningún escrito, y todo lo contrario en Anoeta.
Aquella misma noche cumplí el sueño de ver a mi equipo de toda la vida en el estadio donde soy abonado, el de mi tierra y mi mar, el Mediterráneo. Fui con la idea de animar al Almería, así como en enero animaré a la Real en Donosti. Pero así como celebré los tres primeros goles del partido, de distintos colores, acabé no celebrando el empate final de Ulloa; una explosión de euforia descargó ante mi pasividad a mi alrededor pidiendo que me sumara. No lo hice.
Lo de anoche era distinto, entre otras cosas porque estaba solo en casa y delante de la tele, pero me pasó algo parecido. Siendo prácticos, preferiría al equipo de mi tierra avanzando en Copa, pese a que sea contraproducente para la Liga, donde anda más flojo -la clasificación no engaña- que la Real. Pero me fue tirando el txuriurdin desde que Sarpong abrió la lata.
El holandés sí que fue un resumen fiel de lo de ayer: empezó bien, acabó mal; desaparecido. Y la desaparición coincidió, quizá por casualidad, con el primer cambio de Lasarte: la retirada de Aranburu. El caso es que la Real se diluyó a medida que avanzaba la segunda parte y dejó de contener con eficacia a un Almería que avisaba y llegaba cada vez con más peligro. Tanto que recortó, empató y ganó.
Ni fuimos tan buenos ni tan malos. Ni unos ni otros. Como en aquel partido de Liga en Almería, quizá lo justo siendo objetivo hubiera sido el empate. Y puedo asegurar que yo lo soy, pese a que en momentos determinados me tire más uno u otro. No es fácil ver con tanta ambigüedad cada lance de un partido. Se trata de 90 minutos en los que a cada segundo no sabes si estás del lado del delantero o del defensa. Es difícil pero es un placer, eso sí.
Como abonado del Almería preveo que la vuelta puede ser movida. Sé de lo que hablo porque Lillo, ese que nunca me convenció en aquella Real de Segunda, sigue aquí sin convencer ni convencerme. El balance en casa es de tres puntos, tras tres tristes empates ante rivales similares a los que siempre hubo que remontar: además de la Real, Málaga -al que ahora visitan los de Lasarte- y Hércules; y una derrota, ante el Levante.
Este Almería de Lillo sobrevive gracias a la victoria en Riazor, única hasta ayer esta temporada. El Depor de Lotina parece estar ahí para darme alegrías, ironías de la vida, con lo que me hizo sufrir aquel buen hombre. A mí y a muchos realistas.
No sé qué va a pasar en las dos jornadas de Liga que hay en medio, empezando por la de este fin de semana. Pero me da que volveré a ver un partido emocionante, con goles y alternativas, esta vez de nuevo aquí en Almería. Tenemos nuestras limitaciones pero mi clásico particular no me está disgustando. ¿Que gane el mejor? Que pase el siguiente.


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