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El gigante incomprendido.

Los fichajes de los futbolistas se parecen a los regalos que se hacen a los niños. Siempre existe la incertidumbre de saber si has acertado. Desgraciadamente ni las elevadas inversiones en los mismos te garantizan el éxito, ya que muchas veces un juguete barato puede convertirse en la joya de la corona durante varios meses en la habitación de tus hijos o sobrinos, como es mi caso. Eso sí, lógicamente, tienes muchas más opciones de triunfar si inviertes más dinero en la compra.

Con los jugadores sucede algo similar. Nunca tienes la seguridad de si vas a dar en el clavo, ni aunque destines muchos millones en su contratación ni aunque las referencias anteriores que hayas recopilado sean inmejorables. Hasta que no llega y empieza a jugar desconoces si el príncipe te va a salir rana o no. Como son personas, hay que contar también con que algunos entran con mejor o peor pie en los aficionados, una circunstancia que parece no tener excesiva importancia, pero que puede resultar vital hoy en día. Por poner un ejemplo, y eso que la visión que estamos teniendo a este lado del océano está completamente exagerada por la caverna mediática madrileña, Messi no logra alcanzar el nivel de popularidad de Maradona en su país. A mi modo de ver, se encuentra a su altura o le supera, porque jamás he visto a un jugador decidir tantos partidos. Sin embargo, los argentinos se identifican más con el gran Diego, porque le vieron salir del potrero y de una familia que las pasó canutas por sobrevivir, mientras que al barcelonista le consideran más un extraño medio extranjero al haber crecido en Europa.

En la Real han sucedido cosas parecidas. Supongo que no se habrán olvidado del caso de Yaw Acheampong. Este ghanés fichado a un equipo sueco de Segunda División maravilló a todos en su debut en Anoeta en un amistoso de pretemporada contra el Madrid. Después jamás consiguió ganarse la titularidad y su aportación como txuri-urdin fue irrelevante, pero, pese a ello, siempre contó con el favor de una afición con la que mantuvo un idilio efervescente, como los de los amores de verano. A Mariga le ha sucedido todo lo contrario. Su lugar de procedencia, el prestigioso Inter de Milán, nos generó las máximas expectativas que se reforzaron cuando aterrizó en Donostia y comprobamos el pedazo bigardo que era. Recuerdo que el día que conocí a Montanier el pasado mes de julio, al acabar la entrevista, le comenté en clave de humor que lo que tenía que fichar era un centrocampista negro gigante, de esos que destacan en cualquier partido de la Liga francesa, y un segundo punta que fuese veloz. El técnico cumplió con el primero de mis deseos, pero el jugador de color, en lugar de venir de su país, lo hizo del Calcio. Desde su confirmación, el fichaje me causó mala espina, sobre todo porque mi compañero Marco Rodrigo, experto en fútbol internacional, me confesó que no le conocía. Mariga ya se está postulando como uno de las peores incorporaciones en la historia de la Real, sobre todo si tenemos en cuenta su precio. El riesgo de las cesiones estriba en que si al jugador le cuesta adaptarse, cuando empieza a enterarse de qué va el tema, se tiene que marchar. Mi comentario más repetido una vez que le he visto jugar es que no puede ser tan malo, que algo le sucede. Prefiero interpretar en esa clave su rendimiento hasta la fecha. Montanier cerró la puerta a su salida ayer y yo solo puedo decir que tenemos que apoyarle para que vuelva a ser el futbolista por el que el Inter pagó nueve millones al Parma. No sirve de nada machacarle y condicionarle con silbidos. Esta afición venera y protege tanto a sus futbolistas que estoy seguro de que hasta es capaz de recuperar la mejor versión de Mariga. Necesita ayuda y comprensión, y estamos obligados a dárselas, porque hasta junio vestirá de txuri-urdin. No hay nada más gratificante que volver a demostrar que aquí somos diferentes al resto de aficiones.

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