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El currante Diego Rivas.

EN plena catarsis de elogios por el taconazo de Guti en Riazor, el mejor artículo sobre el tema lo escribió, una vez más, Alfredo Relaño. Siempre he manifestado mi devoción por el director del As, uno de los mejores periodistas deportivos que he conocido. Sus columnas son una referencia para cualquier aficionado al fútbol, al estar siempre magníficamente redactadas y ser inagotables fuentes de opinión. Incluso valoro que la obsesiva y agotadora nueva corriente del madridismo, el famoso villarato, la ideó Relaño, que es un artista en generar debates en torno a polémicas futbolísticas. A lo que iba. En su artículo de elogio a Guti, se apoyaba en una frase que pronunció el torero Curro Romero: “Si toreara todos los días bien, no sería un torero, sino un currante”. Yo voy a utilizarla para alabar precisamente a un jugador que podría ser la antítesis del supuesto genio madridista, a un currante, a Diego Rivas.

Recuerdo que cuando conversaba con Lillo y criticaba al equipo, solía escudarse, con la ironía que le caracteriza, en que “esto es mucho más complicado de lo que parece desde la grada. Tú imagínate que estás escribiendo una crónica y tienes a once cabrones intentando quitarte el ordenador”. Siempre que me lo comentaba, llegaba a visualizar la esperpéntica situación y me imaginaba a Rivas tratando de arrebatarme mi ordenador.

El manchego no se ha encontrado con un camino de rosas en la Real, porque no se lo hemos puesto fácil. Entró con el pie cambiado, al hacer el ridículo el Consejo de Fuentes en su intento de que el Getafe accediera a su venta. Su presidente Ángel Torres, que les daba mil vueltas en la dirección de un club, primero les tomó el pelo, después les puso a caldo y, por último, les hizo pagar su cláusula íntegra de tres millones de euros, un precio desorbitado para un currante. Jamás olvidaré a Lucas Alcaraz, actual entrenador del Córdoba, echándose las manos a la cabeza cuando le contaba lo que iba a pagar la Real en una cena en la que coincidimos por un amigo común. Todos sabemos lo que pasó en su primera campaña, la del descenso, en la que no estuvo al nivel al no ser capaz de superar la losa de su millonario cartel.

Tras una cesión al Cádiz (Denon primero intentó que el elegido para jugar en el Carranza, para ahorrarse la ficha, fuese Aranburu), Rivas regresó a Donostia y lo hizo con el honorable espíritu del que se siente en deuda y está dispuesto a todo para saldarla. Se rebajó el sueldo hasta un 40%, se remangó y se integró en la plantilla como el valioso currante que siempre ha demostrado ser.

Lasarte le vio por primera vez en el partido de Vallecas, en el que fue el mejor realista, y tomó conciencia de quién iba a ser el centrocampista clave de su proyecto. Esta temporada Rivas se ha erigido en un pilar imprescindible para el equipo y para su extraordinaria trayectoria. Siempre bien colocado gracias a un innato sentido táctico, su función como líbero de la medular permite a sus compañeros de línea crecer y asumir más riesgos de los habituales. Cada día se le ve con más confianza con el balón y en el pase largo, algo que el equipo agradece. Resulta evidente que es uno de los nuestros, porque si alguien podría hablar de que se valora más a los de casa que a los foráneos es él, y no Bravo, al tener que sufrir una sospechosa persecución por parte de algunos. Rivas, que se ha partido dos veces la nariz por la Real, es el brazo ejecutor de Lasarte en el campo, como lo demuestra su condición de intocable. Pienso escribir en junio que el manchego fue uno de los nombres propios del ascenso. Lo haré si me devuelve el ordenador que, por supuesto, fue el único de los once cabrones que logró quitármelo.

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