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El camino de Aranburu.

Zubieta no entiende de crisis. La fábrica txuri-urdin no para de producir buenos jugadores cuyo valor y rendimiento se multiplican con los problemas que sufre el resto de equipos que no cuida tan bien su cantera por sus problemas económicos. La mejor manera de que funcione la fórmula mágica en la Real es que el respeto en la relación de conveniencia con sus jóvenes emergentes, no exenta de una afinidad indiscutible en la mayoría de los casos, sea recíproca. Después de muchos años con varios casos de alta traición que acabaron en sonoros fracasos, la nueva generación de canteranos ha decidido apostar firmemente por el equipo de toda su vida. La explicación parece sencilla, no van a estar en otro sitio como aquí y, sobre todo, se está forjando un grupo que, si no se tuerce ni se fractura con traspasos indeseados pero inevitables si el que llama es un gigante, promete emociones fuertes en Anoeta.

La mejor señal de que las tuberías del club txuri-urdin están en perfecto estado es que en el encuentro ante el Sevilla las dos estrellas del encuentro fueron dos recién llegados, Iñigo Martínez y Rubén Pardo. Nada más acabar el partido, me vino a la cabeza el recuerdo de un derbi de juveniles disputado hace dos campañas en el z7 de Zubieta. Llegué un poco tarde y al sentarme en la grada me encontré con la desagradable noticia de que el Athletic se había adelantado 0-2 con goles madrugadores. Mediada la primera parte, el técnico realista cambió y adelantó la posición de un tal Iñigo Martínez al centro del campo. Me quedé impresionado porque se merendó a la media rojiblanca, en un derroche de fuerza, carácter y potencia. Incluso marcó uno de los dos tantos con los que la Real igualó el encuentro. A falta de pocos minutos, un centrocampista un poco esmirriado se sacó de la chistera un obús, calcado al que batió a Palop, para firmar el 3-2. Se imaginan quién era, ¿no? El gran Rubén Pardo, un centrocampista que, como reconoció Carlos Martínez en la resaca del triunfo, “desde el primer entrenamiento nos dimos cuenta de que era especial”. Justo lo mismo que me pasó a mí.

El hecho de que dos años después ambos canteranos jugaran un papel protagonista en el triunfo ante una de las mejores plantillas de la Liga certifica el buen funcionamiento de Montanier. Es justo reconocer que el gran mérito del francés reside en la naturalidad y valentía con la que está dando paso a los jóvenes que llaman a la puerta del primer equipo. Aunque salvo Bravo y Vela el nivel de los foráneos está siendo paupérrimo, al técnico no le tiembla el pulso con la cantera, una consigna que recibió desde el pasado verano y que está ejecutando con eficiencia. Juega el que se lo gana, y el que rinde se queda en el once. Así funciona la Real. La tarea no es fácil ni cómoda. Por poner un ejemplo, en mi opinión, el mayor error de Martín Lasarte, al que algunos desagradecidos pretenden despellejar ahora, fue no darle continuidad a Asier Illarramendi tras haber sido el mejor del equipo en sus dos titularidades. Por mucho que algunos, movidos por sus fobias, se enfrascaran en absurdos debates sobre quién debía salir del once, lo realmente importante no era a quién sacar, sino que el de Mutriku se había merecido en el campo seguir en el once. Como Iñigo, Cadamuro y Pardo ahora.

El triunfo ante el Sevilla no fue casualidad ni un éxito corriente. Basta con recordar que no se le ganaba desde la campaña 2004-05 con un agónico tanto de Kovacevic, que consumió en su media vuelta el último gramo de energía que le quedaba. ¿Saben quién fue el primero que le abrazó? El de siempre, el único que se alegra mucho más cuando marcan sus compañeros que cuando lo hace él. Don Mikel Aranburu, el pionero que trazó un camino que ahora ha decidido seguir una generación que aspira a ser de oro.

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