el color especial será el de Sevilla, pero Cádiz tiene duende. Una ciudad embrujada. La bella tacita de plata. Con su kilométrica playa de la Victoria, considerada (no por los gaditanos, que no suelen ser una vara de medir demasiado fiable) la mejor playa urbana de Europa, con permiso de nuestra bahía. También la coqueta conchita de la playa de Santa María del Mar, donde suelen acudir las familias locales ya en la zona de los extramuros y donde se encuentra el hotel en el que me he hospedado la mayoría de veces que he acudido a seguir partidos de la Real. Una localidad preciosa, con un tesoro muy preciado que la convierte en un lugar de referencia para conocer alguna vez en tu vida: su gente. Da gusto adentrarse por sus viejas calles y socializar con sus habitantes. Tan graciosos y divertidos, con una filosofía de vida admirable. No necesitan demasiado para ser felices, saben que residen en un lugar privilegiado y lo mejor de todo es que lo transmiten. Contagian su alegría. Convierten tu visita en una experiencia inolvidable.

Así se entiende mejor que, como te suelen explicar los que ya lo han conocido, merece la pena disfrutar alguna vez de su Carnaval. Empiezo a resignarme a que, a pesar de haber intentado sin éxito convencer a mis amigos, va ser complicado que lo consiga. Diez años después, la Real regresa a Cádiz y lo hace con un ambiente antagónico del que se respira cuando celebran sus fiestas por antonomasia. Da pena perderse este desplazamiento al que seguro se hubieran animado muchos seguidores blanquiazules, bastantes de ellos prisioneros de la inolvidable experiencia que paladearon hace una década con el hat-trick de Carlos Bueno y las juergas de la previa y de la posterior celebración por los bares del otro lado del estrecho Sancti Petri. El jueves escuché en los micrófonos de Radio Marca a mi amigo Iñaki Milla relatando emocionado y de forma apasionada las postales que conmemoran uno de los momentos futbolísticos de su vida. Aunque él nunca haya sido mucho de salir, me dio una envidia tremenda, sobre todo cuando contó el pospartido, en entrañable convivencia con la afición cadista que, hay que recordarlo, puso un pie en Segunda B con la victoria txuri-urdin. Una década después, me di cuenta de que apenas pude disfrutar de esa extraordinaria experiencia en la que salió todo bien a pesar de la tensión y el miedo con los que nos presentamos en el Carranza. Como había que ahorrar, los que habitualmente viajábamos para seguir al equipo planeamos el viaje con tiempo y la Real decidió a última hora fletar un chárter. Tres periodistas dormimos en Jerez la víspera y también nada más acabar el encuentro, que nosotros no podemos seguir con el mismo entusiasmo que la hinchada. Después de vivir casi con lágrimas en los ojos la algarabía de los seguidores esperando la salida del autobús de los héroes del ascenso, tuvimos que emprender viaje de regreso a Jerez, ya que de madrugada volábamos de vuelta a Donostia vía Bilbao. Imagino que en ese momento me dio rabia. Ahora, con el paso de los años, lo que siento es tristeza.

Al menos sí puedo contar lo divertida que es la noche gaditana. La víspera del debut de Robinho en Cádiz, y después de hacer dos bicicletas con las que muchos creyeron ver a la reencarnación de Pelé, mi antiguo jefe me encomendó la sufrida misión de estar al tanto de un macrobotellón que se había organizado de madrugada en la explanada del céntrico hotel en el que se hospedada el Madrid para no dejarles descansar. Muy a mi pesar no tuve más remedio que aguantar como pude y, como se pueden imaginar los que me conocen, con un botellín de agua en la mano al estar de servicio, cubrí un evento que acabó siendo desternillante y que no fue desalojado por la policía hasta que se les fue de las manos por completo pasadas las 5.00 horas porque no paraba de llegar gente.

En Cádiz siempre suceden cosas especiales. Lo he contado más de una vez. La temporada que acabó en la tragedia de Vitoria, a falta de cinco jornadas para el final, la Real perdió dos puntos que luego pagó muy caro y un compañero y yo nos quedamos encerrados en el campo. Tuvo que venir el jefe de prensa local para abrirnos las puertas y que pudiéramos salir. Fue nuestro pequeño homenaje al gran ídolo local, Mágico González. Catalogado con la misma calidad que los más grandes, el salvadoreño ha quedado en la historia como el prototipo de futbolista indomable e indisciplinado. Solía quedarse dormido por las esquinas (un trabajador del Cádiz se encargaba de despertarle todas las mañanas porque la excusa del cambio de horario le duró demasiados años), hasta el punto de que una vez tuvo que llamar desde dentro de una discoteca cerrada para que le abrieran y pudiera viajar con el equipo. Pocos saben que en 1984 hizo una gira con el Barça que pretendía contratarle y lo descartó, entre otras cosas, porque en un hotel de California, cuando sonó la alarma antiincendio, el único que se quedó dentro fue Mágico, acompañado de una chica en su habitación. Normal que se fijaran en él, ya que en un trofeo Ramón de Carranza a Mágico se le pegaron las sábanas y no llegó a tiempo para enfrentarse al conjunto azulgrana. Se presentó en el campo en el descanso cuando el resultado era 0-3 y en el segundo tiempo metió dos goles y dio otros dos para que al final el Cádiz acabará ganando 4-3. Dicen que el cadista que se precie lleva en su currículum el imperecedero «yo vi a Mágico González». No me quiero ni imaginar lo que supondría un jugador de este tipo para los actuales herméticos y controladores servicios de comunicación de los clubes, porque del salvadoreño se estaba pendiente toda la semana. Si había sido tranquila en cuestión de salidas, jugaba seguro. Si había habido marejada nocturna, podía no entrar ni en la convocatoria. De ahí su enfrentamiento constante con David Vidal. Cuentan que estando castigado, algo habitual por motivos obvios, al final de un entrenamiento le retó a Superpaco, el exportero del Sevilla que disputó todos los partidos de la campaña 1979-80 salvo el maldito contra la Real, a que le metía todas las faltas que le lanzaba. El pique fue a más y se acabaron jugando los coches. No le paró ni una. Al abandonar el campo pasó al lado de Vidal y le comentó: «Usted, de fútbol, no tiene ni puta idea». Como el salvadoreño era así, el domingo le devolvió las llaves con un pequeño detalle dentro del vehículo, dos botellas vacías de whisky JB.

Salvando las abismales distancias, porque Imanol no es Vidal, Januzaj no es Mágico y aquel Cádiz no es esta Real, su caso me recuerda en cierto modo al del genio belga. Uno de esos incomprendidos, rebeldes sin causa, que hace magia cuando quiere y que cuenta con un ejército de vehementes admiradores que sueñan cada fin de semana con el deseo de que se cumpla el «tócala otra vez, Janu». No estaría mal que el bruselino conociese la historia del mito amarillo, sobre todo por lo que pudo haber sido y se quedó en el camino por el simple hecho de que no le apeteció intentarlo. Lo he repetido en muchas ocasiones, soy un gran admirador de la calidad de Januzaj, pero me sigue dando la sensación de que está desperdiciando talento. Lo manifestaba Aihen en la entrevista concedida a este periódico: «El más difícil de marcar de nuestros extremos es Janu, nunca sabes por dónde te va a salir». La afición cadista recuerda que cuando escribían en la vieja pizarra de vestuarios la alineación de su equipo y daban el 11, su ídolo, la noticia corría como la pólvora, no solo por las gradas, sino por las calles de la ciudad: «Juega Mágico». Eso es lo que todavía no han logrado los hechizos de Adnan. Un ferviente hincha cadista contó en un reportaje: «Yo he visto en el Carranza cosas que vosotros no creeríais: vaselinas desde dentro del área y que desde la Puerta del Fondo Norte vaya un portero hasta el centro del campo a darle la mano después de que le marcara un gol». Eso es lo que le falta al belga, porque lo tiene todo para lograr hazañas de este tipo que perdurarían durante años en la memoria de su afición. Conseguir que pase el tiempo y que podamos decir «yo he visto jugar a Januzaj». ¡A por ellos!

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