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La fiesta de la Copa.
La invitación a la fiesta de la Copa hacía tiempo que esperaba sobre la mesa de un despacho de Anoeta, solo nos faltaba creer en ella para encontrar una oportunidad tan interesante y atractiva como la que nos ha deparado su caprichoso sorteo. No seré yo quien actúe de ventajista, ya que desgraciadamente los que opinamos mucho sobre fútbol vivimos bajo la permanente amenaza de sucumbir a los encantos de dicho pecado, por lo que no pienso hacer distinciones entre los agoreros que hicieron de menos durante años a una competición preciosa, y los enamorados y nostálgicos de la magia de sus encuentros, como quien les escribe. Todos estamos incluidos en la convocatoria y tengo claro que si queremos obtener objetivos ambiciosos vamos a necesitar el aliento de cada seguidor txuri-urdin.
La Copa es una competición especial, en la que no siempre gana el mejor y en la que los clubes más ilusos pueden hacer realidad sus sueños. No se me ocurrirá cometer la osadía de llamarles pequeños, porque al final los que consiguen hazañas importantes están obligados a acreditar aptitudes notables para alcanzar las rondas más avanzadas. Aunque el descenso borró de un plumazo gran parte del horizonte de grandeza que contemplamos de manera ininterrumpida durante cuatro décadas en la elite y pese a que el recuerdo del impresionante subcampeonato de la Real en 2003 se mantiene vigente en nuestros corazones, la Liga española, la de la dictadura de los dos abusones, se ha convertido en un pozo de aburrimiento en el que resulta utópico aspirar al título. Harían bien sus rectores en comprobar la emoción que se vive en la Premier, competición en la que los cinco primeros han caído en las jornadas navideñas.
El desigual reparto de los contratos televisivos ha provocado que la única manera de fantasear con un título sea con el de la Copa. Incluso los gigantes están haciendo un último esfuerzo para apropiarse también de este torneo, al impedir las eliminatorias a partido único, pero lo que no pueden conseguir aún es dirigir el sorteo. Creo que la campaña pasada ya recibimos la última señal de que había que intentar hacer algo importante en este campeonato, ya que al Almería, verdugo de los realistas, también se le presentó un camino bastante accesible para plantarse en las semifinales. En esta ocasión, el premio de eliminar al Granada ha sido todavía más grande, al haber apartado el sorteo a todos los grandes de nuestra parte del cuadro.
Soñar es gratis, pero no se confundan, este torneo es así. No hay ningún camino que asegure el éxito. Cuando la Real ganó la Copa en 1987, último título vasco, solo eliminó a un rival importante, el Athletic, en semifinales y doblegó al Atlético en la final. Incluso en cuartos se divirtió con el filial del Mallorca al que goleó 10-1. Sin embargo, en la campaña siguiente, fue el mejor del torneo tras superar al Sporting, Atlético y Real Madrid consecutivamente, para caer en la final ante el decadente Barcelona de Luis Aragonés.
Soy el primero que entiende que no se puede pensar en otros objetivos si no se asegura la permanencia. Creo que en este momento la prioridad es derrotar a Osasuna el sábado para garantizarnos una mínima sensación de estabilidad antes de volcarnos en la Copa. Sé que la eliminatoria contra el Mallorca no va a ser nada fácil y que la Real puede caer perfectamente. Ahora bien, nos lo deben. Este club y su afición necesitan un duelo a vida o muerte con el eterno rival en cuartos y, luego, simplemente que gane el mejor. Sería imperdonable que nos privara de nuestro derecho a soñar con volver a reinar.


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